La gaya ciencia by Friedrich Nietzsche

La gaya ciencia by Friedrich Nietzsche

autor:Friedrich Nietzsche [Nietzsche, Friedrich]
La lengua: spa
Format: epub
Tags: Ensayo, Filosofía
editor: ePubLibre
publicado: 1882-01-01T05:00:00+00:00


LIBRO CUARTO

Sanctus Januarius[35]

Tú, que con flamígera lanza

has partido el hielo de mi alma,

de tal modo que ahora, férvida, hacia el mar

de su más alta esperanza se apresura:

más luminosa cada vez, y cada vez más sana,

libre en la más amorosa necesidad:

ella ensalza tus milagros,

¡bellísimo Januarius!

Génova, enero de 1882.

276

Con ocasión del año nuevo

Todavía vivo, todavía pienso: tengo que seguir viviendo, tengo que seguir pensando. Sum, ergo cogito: cogito, ergo sum[36]. Hoy en día todo el mundo se permite expresar su deseo y su más querido pensamiento: pues bien, también yo quiero decir lo que hoy desearía de mí mismo y qué pensamiento fue el primero que me corrió este año por el corazón, ¡un pensamiento que será para mí fundamento, aval y dulzura de toda la vida ulterior! Quiero aprender cada vez más a ver lo necesario de las cosas como lo bello: así seré uno de los que hacen bellas las cosas. Amor fati[37]: ¡sea este a partir de ahora mi amor! No quiero hacerle la guerra a lo feo. No quiero acusar, no quiero acusar ni tan solo a los acusadores. ¡Mirar a otro lado sea mi única negación! Y, en general y en definitiva: ¡quiero, algún día, ser solo alguien que dice que sí!

277

Providencia personal

Hay un cierto punto elevado de la vida: cuando lo hemos alcanzado, volvemos a correr el mayor peligro —pese a toda nuestra libertad, y por mucho que hayamos negado al bello caos de la existencia toda razón y bondad providentes— de perder la libertad espiritual, y tenemos que pasar entonces por nuestra más difícil prueba. Y es que solo en ese momento, en el momento en el que tocamos con las manos que todas, todas las cosas que nos afectan son continuamente para nuestro mayor bien, la idea de una providencia personal se pone ante nosotros con su más apremiante fuerza y tiene a su favor el mejor abogado, lo que entra por los ojos. La vida de cada día y de cada hora parece no querer ya otra cosa que ir dando nuevas demostraciones de este aserto y solo de él; sea lo que sea, mal o buen tiempo, la pérdida de un amigo, una enfermedad, una calumnia, una carta que no llega, la torcedura de un pie, una mirada a un comercio, un contraargumento, abrir un libro, un sueño, un fraude: todo se revela en seguida, o muy poco después, como una cosa que «no podía faltar», ¡como una cosa llena de profundo sentido y utilidad precisamente para nosotros! ¿Hay una seducción más peligrosa a perder la fe en los dioses de Epicuro, aquellos desconocidos despreocupados, y a creer en una divinidad cualquiera llena de preocupaciones y ruin, que conoce personalmente hasta el más diminuto pelo de nuestra cabeza y a la que no repugna ni siquiera el más lamentable servicio? Pues bien, a pesar de todo ello vamos a dejar a los dioses en paz, y a los genios serviciales también, y a conformarnos con la suposición de que nuestra propia habilidad



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